domingo, 31 de agosto de 2014

Un mismo camino.




La pluma había sido un regalo precioso de navidad. Le encantaban las antigüedades de aquella tienda de la esquina y su madre, muy acertada, se la había comprado. Era de madera oscura y tallada con una pluma de pavo real enganchada al hueco del pico. La punta era de metal, muy elegante y la tinta venía en unos tarros negros.
A parte de que le encanten los misteriosos objetos de aquella tienda, le encantaba escribir. Y por ello, la pluma había sido el mejor regalo que había tenido.
Aun que le daba miedo utilizarla, por lo delicada que parecía, Tessa tenía muchas ganas de escribir con ella. Pero sin embargo, había preferido guardarla, poniéndola como decoración en su estantería. 
Solo pasaron dos meses hasta que tuvo que darle uso.


                                                                  * * * 


Había tenido que ir a la biblioteca para hacer un estúpido trabajo de geografía pero la información que necesitaba no estaba en ningún lado. Su profesor le había mandado que estudiara a fondo e hiciera un trabajo de opinión sobre "islas del Pacífico, procedencia y mitos" lo que sonaba muy poco concreto ya que tenia por seguro que habría muchas o muchísimas islas en el océano. 
Es más, según leía más libros, se hacía más pesado. Encontraba cosas, sí, pero no era el típico trabajo que puedes copiar de Wikipedia. 
En todo este lío se había metido porque el cabrón de su amigo Miles le había tirado un avión de papel en clase de historia, lo que no es muy inteligente por su parte. La profesora Natalie era un auténtico ogro. Si no le entregaba el trabajo el martes, le pondría un cero en actitud y trabajos, lo que significaría un suspenso.
Suspiró indeciso, aburrido y enfadado. Se levantó de la silla haciendo ruido y la bibliotecaria le echó una de sus miradas asesinas. Cogió su mochila, se la puso al hombro y caminó por los pasillos de la biblioteca. Estaban llenos de libros, de distintos colores y tamaños. Y sin esperarlo, uno cayó sobre su pie. Brent aguantó la respiración. "Mierda, mierda, mierda" soltó el aire por la boca, entre los dientes. Recogió el libro del suelo y casi se le cae, no pensaba que pesaría tanto. Entre el trabajo y el dolor de pie, estaba más que enfadado, solo tenía ganas de pegar o romper algo. Sin embargo, respiró hondo y lo puso en la estantería. Volvería a casa, se daría una ducha y miraría el Internet información. Y cuando comenzó a andar sonó un "pum" detrás. El libro se había vuelto a caer. Miró en el hueco donde encajaba en la estantería y no había nada. Lo recogió otra vez y lo volvió a meter en su sitio. Pero sin darle tiempo a volverse el libro le cayó sobre el brazo, y se resbaló hasta el suelo. "Me tomas el pelo" lo recogió con el brazo que no estaba dolorido. Era de cuero rojo y liso. No tenía título, ni sinopsis, ni autor. 


***


Era divertido inspeccionar en la casa de su abuelo. En cambio a su hermano no le hacía tanta gracia. Siempre iban allí para celebrar el cumpleaños de su madre en Febrero. Estaba a las afueras de la ciudad, en la orilla del "Lago negro". Era un sitio que a Samantha le encantaba. Iba allí, comían rosquillas con chocolate caliente, su hermano se quejaba de lo aburrido que era la casa mientras veían una de las pelis de su abuelo, y después ella por su parte rebuscaba en el trastero. Era lo más entretenido que se podía hacer, el agua del lago estaba helada - literalmente - y a menos que quisieras contar las baldosas del suelo, no había mucho más. De todas formas, siempre encontraba cosas viejas, polvorientas, pero que eran un mundo para ella. Había calcetines sin su pareja, un abrigo con los bolsillos rotos, un teléfono antiguo sin cable, libros con letra de imprenta, manteles de cocina con flores bordadas, bicicletas pinchadas, cajas de herramientas vacías... Una pila de fotos de cuando la abuela y él se casaron. Y a su derecha, un cuaderno negro grueso y vacío. Destacó porque no concordaba con aquel montón de chatarra. "En realidad, parece nuevo" se dijo a sí misma mientras pasaba las páginas en blanco.


***


Su madre y su padre trabajaban juntos en la galería de arte. La pintura y la escultura eran su todo, su expresión y su punto en común. Se situaba cerca de su casa, al lado de la costa. Al salir del colegio, como siempre, se dirigía allí y comía con sus padres algo - normalmente - guardado en un taper y después se iba a la academia de pintura en autobús. Los días eran rutinarios, pero eso no era ningún problema para Dylan, le gustaba la tranquilidad y la seguridad del día a día.
"¿Qué hay hoy para comer?" dijo mientras dejaba su mochila sobre la mesa blanca. "Pollo frito y ensalada" respondió su madre mientras habría los tapers. "Hoy ha sido un buen día." dice contento su padre mientras se sienta al lado de Dylan. "¿Han comprado alguno?" preguntó. "En realidad, me ha sorprendido mucho porque querían un cuadro que compré hace poco, es muy raro". "Am" "Es ese de allí" señala su padre con la cabeza. No le veía mucho misterio: estaba pintado entero de un blanco-gris con brocha con óleo, sobre lienzo. Y en la esquina de arriba izquierda había un punto negro del tamaño de la marca que dejaría la punta del dedo meñique bañado en tinta sobre el papel. No llegaba a entender que desvelaba, a lo mejor simplemente era de un artista importante. Me quedé mirándolo contrariado toda la comida, sabiendo que había algo que se me escapaba. Después, sacudí la cabeza, dije adiós y me fui a la academia.

domingo, 6 de julio de 2014

Mi querido distrito.

Últimamente he escrito poco. Más bien escribo, lo releo y me da la sensación de que es malo. No quiero publicar cosas vacías.
Ayer, sin embargo, estuve limpiando mi cuarto y encontré un papelillo que había escrito hacía un mes y medio (aprox.) y me gustó. Así que hoy lo voy a publicar.
Ruego que se lea en tono irónico.


Ella era lo que se viene a llamar una "chica de ciudad". Lo pongo entre comillas porque no era exactamente así. Residía en una casa de color dorado en un barrio de clase media alta. Se situaba a unos quince minutos de la capital, si no había tráfico, por supuesto. Aquella zona se distanciaba de Madrid pero también formaba parte de ella. Se caracterizaba por mucha casa residencial, parques grandes y bien cuidados (cómo va a faltar la naturaleza, si es incluso más esplendorosa cuando se limita a hierba, escasos árboles y alguna florecilla solitaria para que los animales de la casa hagan sus necesidades) y gente, conocida entre sí, muy modesta con caras camisas.
Un paraíso.
"Antes, todo esto era campo" le dijo su padre cuando se mudaron. Y ella no dudó en creerle. Sin duda, podría haber sido un hermoso campo, fuerte y salvaje, con altas hierbas terminadas en flores silvestre, cardos y cabezas de trigo dorado. Alguna otra piedra gris mate en el atardecer de primavera. Y las ramas silvantes de los árboles, huesudas y vultosas, con colores marrones que variaban según daba la luz del sol. Se alzaban hacia el sol, como queriendo tocar el cielo, las hojas se extendían al rededor, como mariposas muertas o quizá dormidas, con colores del morado al amarillo amarronado. Se lo imaginó nevado, todo blanco y silencioso. Se lo imagino en verano, todo seco. También mientras llovía o en una tormenta, todo embarrado y musgoso.
Pero lo que veían sus ojos eran casas. Casas y gente. Casas, gente y coches. Muchos coches.
Y ellos ni se habían parado a pensar lo que habían destrozado.

domingo, 15 de junio de 2014

Life goes on

Si la vida fuera solo mala, nadie viviría. 
Si la vida fuera buena, todo el mundo estaría aburrido.
Creo que mezcla para equilibrar, una balanza. 

Pasan cosas malas, raras e importantes. También hay veces que te planteas tu propia existencia y piensas: "¿Qué coño hago yo aquí? " Pues bueno, una cosa más que tienes que añadir a tu lista de misterios sobre la vida. Al menos, hay gente que descubre quién es.

Nos da limones y hacemos limonada. Tiene sentido, aunque algunas veces no es tan fácil. 

Cuando se cierra una puerta, se abre otra. No la ves si estas ciego, pero eso no significa que no este allí ¿no?
De todas formas, aunque la vida da bastante asco en algunos momentos, queramos o no, seguimos aquí. Y no nos dejan marcharnos. Continúa y nos arrastra.

Al menos, no nos deja hundirnos. 
Espero que de segundas oportunidades. 

Últimamente he tenido más dolor de cabeza que en toda mi vida y ¿por qué? Creo que es por no pensar, por no tener un proyecto en mente, por dejar que el tiempo pase mientras miro las nubes. 
Pero es que yo no soy así. Yo no me hundo. Yo lucho y supero, como debe hacer cualquier persona. 

Así que, sí, voy a aprovechar las oportunidades que aparezcan. Voy a vivir.

sábado, 14 de junio de 2014

De piratas.

Para Marta, gran artista y amiga.

Erase una vez, dos bellas piratas. Todos los piratas hombres las temían, eras grandes. Ellas no tenían un aspecto fuerte, ni fiero. Eran como dos gatitos recién nacidos, débiles.
Pero aún así se las respetaba.
No iban juntas en un barco, cada una tenía el suyo: grande, potente y moderno. Se conocían desde siempre pero no siempre habían sido compañeras. Dos mujeres muy competitivas una en contra de la otra. 
Pero se las temía, porque tenían mucho potencial. Porque eran más de lo que parecían. Porque si se juzgaba de mala manera, por la portada, no entendías; nada era lo que parecía. 
Juntas, podían surcar todos los mares, descubrir todos los tesoros existentes, blandir espadas afiladas al combatir los grandes monstruos que habitaban la Tierra. 
Se hablaban por carta, como creando un diario con las aventuras vividas, enseñando sus misterios descubiertos, rememorando sus tiempos. 
De vez en cuando se veían, se compraban juntas una espada nueva y se embarcaban en una aventura mayor que la anterior. Las mejores leyendas son las suyas. 
Porque, aunque fueran dos personas, compartían alma. Un alma dividida en dos. 
Por eso, en su última aventura, surcaron un mar embravecido. Pero ellas no estaban asustadas. Era probablemente la tormenta más fuerte que habían vivido. Pero volvían de una de aquellas islas perdidas y estaban felices de haber encontrado otro de los tesoros escondidos. Y estaban exhaustas, pero llevaban una sonrisa puesta. Miraron a la tormenta con ojos agradecidos, era su mundo. La vida era tan bella. Se dieron cuenta de lo que tenían, todas las experiencias vividas juntas o separadas, sabiendo que siempre las dos han estado siempre ahí, para completar a la otra. La tormenta no parecía oscura, o amenazante. Era un hecho de su vida que estaba allí, era un obstáculo como cualquier otro, que hacía la vida más divertida, intensa. Se miraron las dos a la vez y gritaron a la tripulación "¡vamos chicos!" y saltando a punto de resbalarse iban ellas por el barco, dando órdenes, riéndose y deslizándose por el suelo mojado del barco.
Casi puedo ver como se hundió el barco.
Volcó, y muchos murieron.
El tesoro, quedó enterrado en las profundidades de aquel océano. 
Una de las dos valientes piratas murió. Da igual quién de las dos fue, de todas formas compartían la misma alma: alma abrasadora de conquistar, brillar, gritar, valer para algo, de sentir. De vivir intensamente. 
Y al morir una, la otra también. 
Aunque, hicieron tanto, valieron tanto, que una estrella apareció en el cielo. 
Todas las noches ilumina con un rayo el lugar en el que terminó todo.
Tal vez es su alma, quién sabe.

viernes, 6 de junio de 2014

Llueve

Un día de verano, me recordó a otro de invierno.
Y sin darme cuenta, la lluvia barrió toda la suciedad de mi ventana: ese polvo seco, del mal.

Abrí la ventana y mi mano saludó a una nube y esta le recibió con un suave diluvio de agua gris y angelical.
Mi cuerpo entero, sintió la necesidad: me saqué a mí misma de aquella muralla de piedra y cemento, dejándome respirar el aire fresco que jugueteaba con mis pestañas, que me acariciaba deliciosamente en una tremenda tormenta de pensamientos.
Los zapatos y la chaqueta se exiliaron a la habitación del otro lado.

Y mi cerebro maldició su destino; destino,de estar pegado con nervios y sangre a un alma tan pura y libre como la mía y un cuerpo desobediente y rebelde, que no ejecutaba. 

Y las gotas seguían cayendo aplastándome con ese suave deseo de recorrerme.

Apoyada en el escaso metro de tejas que separaba la seguridad de mi cuarto del oscuro vacío, estaba yo, pensando en como mi piel se erizaba con cada pequeña lágrima de frío que arrojaba mi compañera la nube.

No distinguí si lloraba ella, o yo lloraba.

Pero aquellas gotas, oh malditas, que me estaban consolando, pobre de mi cuerpo, cerebro y alma, que fuero arrojados al vacío por su causa.

El cerebro murió enfadado.

El cuerpo fue abandonado y alimentó así, a los peones de la vida y de la muerte.

Pero el alma, quedó atrapada en las gotas. Aún se la ve, cuando llueve.

sábado, 31 de mayo de 2014

MAL

+No tengo ganas de nada.
 Me siento vacía.
 Perdida.
 No sé.

-Igual.

+No sé quién soy, qué quiero ser ni en dónde coño estoy.

-¿Cómo se sale de aquí?
 No sé por qué voy con quien voy ni que busco ni nada.

+Veo como todo el mundo están formando ya sus vidas mientras yo me quedo parada, si saber a dónde tirar.

-Tengo ganas de leer y olvidarme de todo.

+Meterme en el mundo de la fantasía.

-Exacto.

+...

-...

+¿Sabes? Ahora mismo eres una de las únicas personas con la que me siento en casa, segura.

-Créeme cuando digo que siempre as sido y siempre serás una hermana para mí.

+Desde siempre para siempre.

Rumber.


Rumber, pueblo de todo soñador. Rumber, simple, acogedor. Rumber, lugar apartado y bohemio.
Una nube blanca se extiende por Rumber.
Una hoja de papel cae a unos pasos de mí. Como recién impresa, las letras se pegan a ella. Miro hacia arriba y pienso que el viento la ha traído hasta aquí. Revoloteo por el pueblo mientras las calles empiezan a llenarse de hojas. Folios blancos como la nieve, pero llenos de pensamientos. Miro en las ventanas y los habitantes se estremecen por la extraña precipitación. En Rumber llueve, nieva, graniza… No cae papel del cielo.
Los niños empiezan a salir fuera, y tras ellos, menos confiados, los adultos. Una elegante señora se para a mi lado y recoge una de las hojas del suelo. Me acerco discretamente por detrás y leo: una elegante señora se para a mi lado y recoge una de las hojas del suelo. La señora no sabe si darse por aludida, pero mira a los lados y luego se va nerviosa. Que extraño. Miro en otra dirección y veo como uno de los folios se engancha en una de las ramas de un viejo roble. Me acerco a él y leo: Miro en otra dirección y veo como uno de los folios se engancha en una de las ramas de un viejo roble. ¿No es lo que acabo de pensar?
Suena la alarma del ayuntamiento, significa una reunión. Somos pocos habitantes, unos ciento y pico. Me interno en las calles en busca del ayuntamiento y su sala de actos. Allí me siento y escucho.
-Habitantes de Rumber, os he reunido aquí para informar de la meteorología. –Empieza el alcalde Green. Una señora de mi lado hace una burla sobre el presentador del tiempo. – Esa nube que tapa ahora mismo el pueblo está haciendo llover papel. Hemos descubierto que es papel escrito. Cada folio, lleva impreso el número de la página. Es un libro. Puede que una forma de propaganda…
-No. – le corta una voz. Desde la oscuridad aparece y se sube al bajo escenario una señora de pelo blanco y vestido negro. – Yo he hecho esto. –Dice.  La sala estalla en murmullos.
-¡Silencio!
-He hecho un conjuro…-continúa la mujer.
-¡Bruja! ¡Bruja! – Suena por atrás.
-Miren, estaba un día intentando hacer un nuevo conjuro para patentarlo después. –Bruja retoma la explicación. – Sin querer añadí un ingrediente equivocado y me desligué de Él. –Mira al alcalde en busca de comprensión y, aunque éste está blanco, asiente y ella continúa- Él nos controla. No sabía quién era Él, así que hice el hechizo ayer por la noche con todo el pueblo. Y estas son las consecuencias: un libro. ¡Ya sé quién es, ya sé quién somos!- Levanta las manos con dramatismo. ¿Cómo va a saber quiénes somos? Toda la sala está tensa y la miran con incredulidad.
-Pues, dinos. Bruja. ¿Qué sabes? – inquiere el alcalde Green al ver que se hace el silencio.
-Es un escritor. Y nosotros, sus personajes.- Responde ella, como si fuera sencillo.
-¡Eso que dices no tiene ningún sentido! Somos personas de carne y hueso. –Salta La Lista del pueblo. – Y si fuera así, se supone que nunca fuimos libres. ¿Y ahora sí? – deduce tratando de descifrar.
-Sí. Durante tres días seréis libres. Todo lo que hagáis será por voluntad propia, no serán acciones decididas por un dictador. Pero el tiempo se acaba y alguien tiene que ir a buscarle para que nos quite esta maldición. Para que nos haga reales. – Responde Bruja con seriedad.
La sala murmura.
-¿Alcalde?
-Viendo todo esto, he de formar un grupo para ir en busca del Escritor. – responde él.
-¿Está usted loco? – Grita alguien entre las butacas.
- Pueblo, si alguien tiene que arreglar esto voy a ser yo. Iré, pero necesito ayuda. – Admite Green.
- Yo voy, está claro que necesitaréis mi ayuda en este problema sin resolver. – Dice La Lista del pueblo.
- ¡Si de verdad existe ese escritor y se supone que nos controla quiero conocerle! Porque en tal caso sería como una especie de dios. Mi cosecha quedó destruida. No tuve con que alimentar a mi familia y mi mujer murió. ¡Me la arrebató! ¿No tenía suficiente con lo primero? ¡Bastardo! Si alguien tiene que ir, seré yo. – Relata El Campesino con resentimiento.
Una luz brillante llena toda la sala de golpe. Se apaga lentamente y deja una figura en el centro. Una figura humana, o casi. Es una chica, no se puede saber a ciencia cierta su edad. Tiene el pelo negro y lleva un vestido rojo largo. Levita sobre el suelo. La gente se asusta.
-¿Qué está pasando aquí? – pregunta el alcalde. Se encuentra al lado de la chica, por lo que retrocede.
- Soy la diosa Laink. Y estoy aquí con el propósito de conocer al Escritor. ¡Yo, la diosa entre los dioses! ¡Yo, la legisladora! ¡Mi reino infinito! Y de repente no soy nada. Ni persona humana. ¡Es humillante! De diosa a personaje efímero para novela…
-¿Laink no era un hombre? – Dice alguien de la multitud. La diosa mira con odio. Más que un ser inmortal parece una niña malcriada.
- Menudo equipo me ha tocado… - Murmura el alcalde – Bien, pues… Ya estamos todos. Vayan a hacer sus maletas.
-Alcalde, ¿cómo sabremos dónde vive el Escritor? – inquiere un habitante.
-Eso es una buena pregunta… - La lista del pueblo examina las probabilidades. – En las hojas, todo lo que pasa en el pueblo está narrado. Lo ve desde dentro, como un testigo. Seguramente cuando salgamos fuera habrá páginas escritas sobre lo que estoy diciendo ahora… ¿Es que no lo entienden? Hay un espía. Y ese es quién nos llevará al Escritor.

Tras despejar la sala, salgo y revoloteo hasta el final del pueblo. Las hojas siguen cayendo. La verdad es que siempre me ha gustado mucho volar por esta zona. Este camino, por el que se sale del pueblo, llega a unas montañas verdes y frondosas donde siempre he querido ir, y sin saber la razón, nunca las he llegado a pisar. Es un sentimiento de pertenencia, como si hubiera nacido allí y me mantuvieran cautivo. Las miro y pienso si no serán más que el fruto de la imaginación del Escritor. Si nunca, por mucho que yo quiera, serán reales. Y, es más, si pasan los tres días y no consiguen liberarnos, ¿recordaremos acaso estos días? ¿O viviremos tristes y aferrados al pasado de tan solo tres días sin esta maldición?  Rezo porque estas sesenta y dos horas, la piedra, los árboles nacidos en la misma, el riachuelo que fluye y todos sus seres vivos e inertes, son reales. Decido ir. Ese es mi único objetivo.
-¿Hola? – Dice una voz. Me giro bruscamente saliendo de mi ensoñación. Son el grupo de los cuatro personajes. Sí, personajes porque ahora todos lo somos. La Lista, El Granjero, el alcalde Green y la diosa Laink. ¿Qué hacen aquí?
- Se supone que aquí está El Narrador. Lo pone en la última página caída. –Explica La Lista.
-No, mira, acaba de caer otra- El Granjero la recoge del suelo y lee para sí. – Sales hablando lo último que acabas de decir. Y seguramente esto que estoy diciendo salga impreso en la siguiente. Bien, El Narrador está aquí.
-¡Pero si aquí no hay nada! – Señala la diosa Laink, dramática. - ¡Esto es una farsa!
Un momento, esto quiere decir que…
-Esperad. Tiene que estar aquí. – Dice el alcalde.
-¿Qué hay allí? En la rama. – Pregunta La Lista.
-Es un colibrí. La verdad es que no abundan en esta zona… - Responde El Granjero.
La Lista se acerca donde me encuentro. Y para mí todo deja de tener sentido: ¿Soy yo el personaje al que se refieren?  Sí, soy un colibrí. ¿Pero acaso importa?
-Es él. Acaba de caer otra hoja a mis pies, está narrando todo. No se cree que sea El Narrador –Informa la diosa Laink. – Es un colibrí, esto es incomprensible. ¡No puede hablar! ¡No puede decirnos donde debemos ir! Ni siquiera sabe que es el propio Narrador…
Me ofendo porque no quiero que los personajes de Rumber sepan mis pensamientos. Es una violación de la intimidad. Me ofendo porque no es fácil de asimilar lo que está pasando. Y me enfado bastante. Porque los colibríes no piensan y no entiendo por qué yo he tenido que ser el único que lo haga. Claro que no puedo hablar, ¿Cómo voy a poder?
El alcalde recoge el último folio caído del cielo. Lo examina y dice:
-Se siente atraído hacia las Montañas Solitarias. Debe de ser allí – Dirige su mirada hacia el horizonte, donde ellas se encuentran. – Tardaremos en llegar si no partimos de inmediato. Tengo una corazonada y un plan. – Se saca un mapa de la mochila negra que lleva a la espalda y lo abre sobre una roca – Bien, para llegar allí debemos ir en caballo o mula por el camino de herradura que sale del pueblo. –Traza una line sinuosa con el índice en el papel siguiendo el plan mientras habla – Llegaremos a la pequeña pradera de cultivos de Pumber, el pueblo vecino. Allí necesitaremos provisiones. Laink – Se gira y la mira. – Eres una diosa, puedes aparecer y desaparecer como hiciste en la asamblea. Tendrás que ir antes a Pumber y preparar comida, agua y alojamiento para la noche y el día siguiente. – Explica el alcalde Green y ella asiente. – Nosotros llegaremos al anochecer al pueblo y descansaremos. Al día siguiente partiremos con un paisano hacia el bosque. El Bosque de las Almas Olvidadas. – Suspira – Habrá que dejar las mulas en Pumber y…
Un estruendo interrumpe la acelerada explicación de Green. Suena como si el suelo se fuera a partir en dos, como truenos amenazantes de tormenta. Y, después de una pausa prolongada, se escuchan unos pasos lentos.
Una chica, es decir, una adolescente, aparece por el camino que lleva a las montañas y se acerca al grupo de personajes. Es morena de pelo corto, bajita y con ojos grandes. Todos la miramos sin saber qué hacer porque no es seguro que los truenos se relacionen con ella. Se para a unos pasos de nosotros y mira el mapa. Después, saca una libreta marrón, y con la goma de su lápiz, borra algo. Todos la miramos sin entender absolutamente nada.
-          Hola, me llamo Emma. – Dice mientras mete sus manos en su sudadera. ¿Dónde ha metido su cuaderno? Juraría que lo tenía en la mano.
El campesino ahoga una exclamación. Nos giramos hacia el mapa.
-          Pumber, El Bosque de las Almas Olvidadas… No están. – Exclama La Lista señalando con el dedo el lugar que ocupaban aquellos sitios en el mapa.
Lo ha hecho ella.
Emma agarra su codo con su mano, apoyándose en su pie contrario, incómoda.
-          ¿Es El Escritor? – dice conmocionada la diosa Laink. - ¿lo eres? – Le pregunta esta vez a Emma.
-          Eh… yo…
-          ¡Claro que lo es! – Dice la lista, alterada.
Todos la miramos conmocionados. Es una niña. Una niña.
-          Entiendo. – El alcalde Green se levanta y se acerca a la escritora. – Soy el alcalde Green – le ofrece la mano.
-          Lo sé. – Responde ella con una sonrisa, y la acepta.
-          Necesitamos que nos hagas libres. – Explica él.
-          Las cosas no funcionan así, Green. – dice con cara apesadumbrada. – Bien, entiendo que toda vuestra “vida”, es decir, existencia, haya sido una mentira. Y también sé, que hay muchas cosas injustas que han pasado -  dice mirando al campesino – Pero, debéis entender, que yo no quería esto. Erais felices en la mentira, pero ahora que la verdad ha sido desvelada, ya no hay marcha atrás. Es el momento de asimilar las cosas.
-          ¿Estás diciendo que no vas a hacer nada? – pregunta brusca, Laink.
-          Déjala explicarse. – Dice el alcalde con autoridad.
-          No puedo hacer ya nada. Así es como termina la historia. Como si El Escritor es Dios y envía a su hijo a su muerte.
-          ¿Qué está diciendo? – Ni La Lista lo entiende.
-          Soy la escritora de este relato encarnada en un personaje. ¿Es que no lo entendéis? No somos reales.
-          ¡Durante estos tres días si! – Grita El Granjero.
-          ¿No os habéis parado a pensar lo fácil que le ha resultado a Bruja hacer ese hechizo? – Hace una pausa y veo en la cara de los demás como van uniendo las piezas del puzzle.
-          No te opusiste al hechizo de liberación, como podrías haber hecho porque puedes controlarlo todo. No fue consecuencia del hechizo que cayera tu novela en folios del cielo ¿verdad?
-          Ajam. Bueno, lo de los folios fue más para que atarais cabos y supierais que es un libro, que vuestra vida, es un libro. – Responde como si no importara. Somos personajes, pero supongo que sentimos igual que personas. Nada de esto es justo. No, no puede ser.
-          Y pusiste al mando de tu novela a un colibrí, un animal minúsculo que ni siquiera sabe que es él El Narrador.
-          Sí.
-          Pero, ¿por qué?
Emma se mete las manos en los bolsillos de su vaquero y encoje los hombros suspirando. No parece ni mucho menos El Escritor que todos pensábamos. Su forma de ser impone menos, incluso, al ser la más pequeña de todos. Y sin embargo, es nuestra “creadora”. Parece estúpida esta historia, es decir, su historia. No pasaría de verdad nunca.
Tal vez, por eso, ahora este más que nunca seguro, de que esto es pura fantasía.
-          No me gustan los cuentos largos. Pero, - mira arriba tratando de explicarse -  mirar, sois vosotros. Cada uno con su personalidad, su pasado. Que me hicieron pensar: si les dejo en el olvido, ¿qué será de ellos? – se recoge el pelo detrás de la oreja y le da una patada a una piedrecita del suelo. -  Tras escribir y vivir vuestras historias, todas, las de este pueblo, me di por vencida y necesitaba un final. Un final... Es tan difícil de escribir como un principio. Bruja me abrió una puerta hacia ese final deseado. En aquel momento supuse que podría sacar provecho, no que se montara este lío. Aunque, no sé, es increíble, estoy hablando con mis personajes, con aquellos con los que he soñado tanto o esos que me han dejado sin dormir. – Nos mira con ojos brillantes, como esperando que sintamos afecto hacia ella, o gratitud. Qué estúpida -  Y… bueno, seguramente estaréis muy enfadados conmigo, pero no importa, el final está escrito.
Y con esas palabras nos deja a todos sin aliento. “Está escrito”
-          ¿Cuál es ese final? – pregunta lentamente la diosa Laink.
-          Qué mejor final, que el mismo principio.


Rumber, pueblo de todo soñador. Rumber, simple, acogedor. Rumber, lugar apartado y bohemio.
Rumber, población: 0 personajes. (Murieron todos en sacrificio de la falta de imaginación)