-Cuéntame, venga, sin miedo. -Dice la psicóloga amablemente.
-Bueno, es que es complicado... uf.
La psicóloga le da tiempo para no presionar.
-Pues...- intenta de nuevo la chica- bueno, vale. A ver, todas las noches desde el accidente tengo pesadillas. Son horribles, lo paso muy mal. Me despierto sudando, llorando o gritando. O todo a la vez.
-¿Qué sueñas?
-Es difícil de explicar - Responde cansada.
-Sino quieres, no tienes porque hablar de ello.
Maddelein se queda en silencio. Es agobiante hablar de las pesadillas, porque al hablarlo se hace más real que al terminar el día, como todas las noches, ellas vuelven.
-¿No ha habido ninguna noche que hayan cesado?
-Alguna. Muy pocas.
-¿Crees que hay algo que lo justifique? ¿hay algo en común que hagas antes de irte a dormir esas noches?
-No había pensado en ello.
Y se mira las uñas pintadas de azul y rojo mientras se saca un anillo y le da vueltas. Maddelein no se acuerda ni siquiera de lo que había hecho esos días. Solo... bueno, de...
-No lo recuerdo. Ni siquiera sé que comí ayer. - admite avergonzada - Pero, son días tan excepcionales que... La verdad, es que cuando no sueño nada al día siguiente tengo un dolor de cabeza horrible. No se si estará relacionado.
Esto último lo dice encogiéndose de hombros, como a quien no le va la cosa. Mira a la psicóloga sin saber que hacer. ¿Qué le pasará por la cabeza? Ella escribe rápidamente en su libreta verde que lleva a todas las citas. Siempre con el mismo moño, las mismas gafas. Maddelein no la odia, sabe que es su trabajo hacer este tipo de cosas. Pero, ¿porqué sus padres creen que llevándola a un maldito psicólogo se arreglará todo? ¿Como si estuviera loca? No, mas bien como un juguete roto, que necesita ser arreglado. ¿Qué esta diciendo? Sus padres la quieren, piensan que esto la ayudará. Por eso cobran a la psicóloga que tiene delante.
- Dolor de cabeza...
-Si.
La psicóloga (Maddelein no sabe su nombre. ¿Para qué? Si no la nombra. Si realmente, es ella la que habla y Maddelein responde con oraciones cortas y desganadas.) deja el bolígrafo sobre la mesa y mira al reloj de muñeca.
-Bueno, creo que ya se ha acabado la hora. ¿Vienes el Lunes siguiente no? - Dice como si tuviera unas ganas enormes de ver a Maddelein. Seguramente su madre este detrás del cristal de la puerta, que queda a espaldas a Maddelein y por eso al verla exagera de esa forma, como hace siempre. Recoje su móvil, se pone la chaqueta negra de cuero y sale por la puerta. No dice adiós, esta cansada y no le apetece.
-¿Qué tal? - Pregunta su madre. Se llama Raquel, pero Mad la llama madre, mamá... Aunque nunca mami, es cursi.
-Eh, bien supongo. - Dice con desgana aunque sonriendo. No quiere que Raquel piense que esta mal.
Raquel sabe que esta mal. Lo sabe desde que vio Lauren, la psicóloga, poniendo una sonrisa excesivamente grande al verla. No están avanzando y ya no sabe que hacer. Va a hacer un mes desde el accidente. El accidente... Se ve lejano y cercano a la vez. Un pinchazo en el corazón.
-¿Quieres helado? - Pregunta sonriente. Quiere hacer sentir bien a su hija. Y si se pone a recordar no cree que deje de llorar nunca.
-¿En invierno? - Dice exasperada.
-Sí, compremos. - Quiere que su hija diga que si, que compren unos helados, que se olviden de las cosas y sean felices. Ojalá fuera tan fácil.
-Bueno, - Maddelein se resigna. Sabe que su madre lo esta intentando.- compremos de pistacho con chocolate.
Y no sabe porque elije ese sabor, es posible que sea porque le gusta, pero hay algo más. Raquel si lo sabe, es un recuerdo, de los primeros años de infancia de Mad, con Mickael, su padre, comiendo y pringándose de helado. Justo de ese sabor.
-Vale - responde ya más seca. Esta tensa y blanca. La herida se abre, se ve reciente.
-Y de dulce de leche, con más caramelo - Recalca Mad. Se ha dado cuenta que ha dicho algo que a su madre le recuerda a papa. Necesita sacar el tema. No puede dejar escapar la oportunidad - como lo hacía papá.
-Bien.
Y no dice nada más. Se montan en el coche, Raquel conduce bruscamente. Y Mad lo nota. Pasa un rato en silencio. El ambiente de alegría y esperanza (finjida, pero se intentaba) que se respiraba antes había desaparecido por una nube densa y crispada.
Llegan a la heladería, Raquel aparca y se baja del coche. Mad hace lo mismo.
-Cómprate el que quieras. Yo ahora vuelvo. -Le dice. Coge un billete de cinco y se lo da. - voy al bar de al lado. No tardo.
-Ah, vale. ¿Quieres que te compre?
-No, no tengo hambre.
Y se va hacia el bar. Dentro pregunta donde hay baño a un camarero veinteañero, va, entra y vomita dentro del retrete.
Mientras, Mad se compra un cucurucho de dos sabores. Le sabe mal, porque esta triste y deprimida. Se sienta en una de las mesitas rosas que decoran la heladería, en las del final, para que nadie vea como se le mueven los hombros, o como convulsiona mientras llora en silencio.
Salen cada una de la respectiva tienda. Las dos se ven: ojos rojos, cara blanca, cara roja, ojos tristes, rastros de lágrimas, rastro de presión.
Pero ninguna dice nada, ya es demasiado el simple hecho de vivir con ello.
lunes, 17 de marzo de 2014
viernes, 7 de marzo de 2014
Elementos.
Agua.
Veo gotas caer débilmente sobre el suelo. Una, dos, tres…
Cada vez más rápidas y más fuertes. Caen del techo, de las grietas, de los
picos. No las oigo caer. Pero las veo. La habitación se está inundando. Tengo
miedo. Observo como las gotas resbalan por las paredes y se llevan pintura rosa
que se une a ellas. El charco pasa a ser un lago, y de lago a mar. Me estoy
ahogando. Mi pelo se mueve dormido al son de las suaves ondas de la habitación.
Me queda poco aire. ¡Nada!- Me digo. Mi cuerpo se mueve para salvarme. Llego a
el poco oxigeno de la habitación que hay. Respiro con la boca, reteniendo en
mis pulmones las últimas gotas de vida. Me vuelvo a hundir cuando el agua ocupa
toda la habitación. Pataleo, grito, me doy con los muebles que vuelan libres
por la habitación. ¡Resiste!- Me digo.
Tengo ganas de llorar. No, ahora no por favor, necesito seguir viviendo,
no me puedo ir. Piensa. Nado con la esperanza en mi cabeza y la resistencia
sobre mis músculos. Agarro el pomo, lo giro. El agua me arrastra fuera de la
habitación. Vivo. Vivo y sonrío.
Aire.
Me alzo, huyendo de todo problema que se me ha puesto por
delante. Sí, estoy escapando. Pero es que yo no soy valiente, solo era un
disfraz, para que los demás piensen que lo soy, y así creerme hasta yo mi
propia mentira. Es duro reconocerlo, pero soy débil y necesito volar, y ver.
Muevo los brazos y me abro camino. Me quedo aquí, pero no estoy, nadie me ve.
Vuelo y revoloteo por allí y por allá. Observo, escucho. La vida me da la oportunidad
de ver como es ella para los demás. Miro y veo pobreza, angustia, ira,
desaprobación, muerte. Pero también veo alegría, amor, felicidad y sobretodo
esperanza. La esperanza en un cambio, y en una mejora. Hora de volver, mirar
desde arriba, en el aire, desde otra perspectiva, te hace ver que no eres el
único que vive desgracias y alegrías, y que la vida puede ser injusta, pero que
en cuanto te roba algo, te lo devuelve de otra forma. Y doy gracias de estar
viva una vez más, antes de posarme en el suelo, como otra persona más, en este
mundo de locos.
Fuego.
Noto el aire caliente que me recorre. Recorre la habitación,
el suelo y mis venas. De arriba abajo, rápidamente, como fuego helado. No me
gusta esa sensación pero es inevitable. Me desgarra y me pongo furioso,
envidioso e inestable. La ira me corroe. Siento ganas de tirar por la ventana
al primero que me hable. No tengo ganas de nada. Me quedare aquí, esperando a
que pare, este incesante dolor.
Tierra.
Voy andando descalza por la hierba verde que recubre estos
bastos campos. Los arboles crecen sinuosos y agarrados de la mano enredando sus
ramas unas con otras. Desde las frescas puntas de ellos, gracias a la abundante
lluvia de estos últimos días, asoman tímidas y gloriosas de su nueva vida, unas
florecillas de un color blanquecino que decoran con su gran aroma. Mientas
camino, hormiguillas forman filas que parecen hilo de azabache. Voy contando
mis pasos hasta encontrar un viejo árbol de tronco rasgado. A sus pies, miles
de mariposas visten sus vestidos más preciados, rigurosamente confeccionados,
que hacen ver que la primavera ha llegado, danzando y creando así, una
maravillosa armonía de colores.
Maddelein.
Abrí los parpados y lo vi todo blanco en un primer momento. Oía voces lejanas. Muchas voces y ruidos que retumbaban en mi cabeza. Cerré los ojos demasiado confusa.
Coche. Viaje. Tráfico. Discusión. Camión. Airbags. Negro.
No. No, no, no, no, no.
-¡Mamá! ¡Papa! ¡Ed!- Salté. Oh, Dios Mio. No, esto sin duda no me esta pasando. Sí, sí que esta pasando. Ahogué un gritó de desesperación. - ¡Mamá! -Lloriqueé. - No, por favor, no... ¡Papá! -grité aun mas fuerte. Me puse a llorar desesperadamente.
-Shh... - Alguien me tocó el pelo. - ¿Cómo te llamas?
Levanté la vista. Se veía borroso por el efecto de las lágrimas. Chica vestida de verde; una enfermera. Estoy en un hospital.
-Yo... - Hice un sonido de frustración y le dí un puñetazo a la camilla. Me senté sobre ella dispuesta a levantarme - Dios mío, no, no, no... No puede... Oh, joder. ¿En donde están? - La agarré de el brazo fuertemente - Ayúdeme, por favor - la supliqué, llorando aun más - ¿Donde están?
-Tienes que decirme el nombre, sino no puedo ayudarte. - Dijo ella agobiada, pasándome la libreta y el bolígrafo.
-Tienen que estar aquí. Si, si. Si, deben de estar. - La dejé de agarrar y me dispuse a salir de la camilla. Al parecer iba en camisón y tenía moratones por toda la piel. Me impulsé para levantarme y un dolor horrible me recorrió de arriba a abajo. Tan rápido, que no pude evitar caerme en los brazos de la enfermera, que habría previsto mi invalidez.
-No te levantes.
-¡Por favor tiene que ayudarme son mi familia! - la grité.
-Relájese.
Tenía la cara empapada en lágrimas de la frustración y la impotencia.
-No, no, no, no, no...
-Enzo, pásame el valium. - Había aparecido un enfermero que se acercaba a mí con una jeringuilla.
-Es lo mejor que puedes hacer ahora. - Me dijo el tal Enzo. Entre los dos me agarraron mientras yo forcejeaba y formulaba preguntas que no llegaron a responder. - Esto te va a calmar. Duerme un rato. - Tenía los ojos cerrados, negando con la cabeza, histérica. Necesitaba saber si estaban bien y nadie se dignaba a ayudarme. Un pinchacito en el brazo comparado con todo el dolor que sentía. Y toda la angustia.
Pero fue desvaneciéndose, como el humo que sale de las fábricas hasta que no se distingue en el cielo. Los ojos se me hacían pesados y no me sentía yo, porque yo no era yo. Yo era la persona que estaba fuera de mi cuerpo viendo todo el espectáculo que había montado. Yo era todos los que esperaban en la sala de al lado oyendo los gritos. Yo era las cigarras del campo que en ese momento cantaban. Y tras haber forcejeado, cayendo como un león muerto, me hundí entre las sábanas en una habitación blanca y extraña.
lunes, 24 de febrero de 2014
...
Tic
Tac
Tic
Tac
El tiempo es un tema totalmente abstracto.
Y es un tema que me es muy difícil de entender.
Los años pasan demasiado rápido.
Cambios.
Nuevos recuerdos que se suman a una montaña de antiguos.
Desde el primer instante en el que naces, ya empiezas a morir.
Todo lo que somos y lo que tenemos se forma por el paso del tiempo. Duele saber que nacemos y morimos solos. O que todos terminaremos muriendo.
Pero por eso mismo, hay que disfrutar cada día de la vida como si fuera único. ¿Cansado de la rutina? Pues cámbiala.
Nos queda un tiempo definido, no vamos a estar tirándolo. Cada trago, cada grano de tiempo, nos da nuevas experiencias.
Y es que la vida se basa justamente en eso: en ser.
Ser tú.
Es más, ser tu mejor tú.
Mañana cumple años mi madre y no se como era antes de conocerla, pero desde que nací ha sido una buenísima madre. Y se lo agradezco. Por haberme dado la vida pero más allá de eso, por haberme enseñado y haberme apoyado en todo momento.
No voy ha decir lo que hay que hacer o dejar de hacer para ser felíz en esta entrada porque, ojalá los supiera. Sería hipócrita si no supiera que hacer pero estuviera poniendo entradas tumblr o de autoayuda. Sólo decir, que somos un reloj de arena.
Bueno, ¿te has dado cuenta de que acabas de perder unos minutos de tu vida leyendo esto? Espero que te haya servido.
Tac
Tic
Tac
El tiempo es un tema totalmente abstracto.
Y es un tema que me es muy difícil de entender.
Los años pasan demasiado rápido.
Cambios.
Nuevos recuerdos que se suman a una montaña de antiguos.
Desde el primer instante en el que naces, ya empiezas a morir.
Todo lo que somos y lo que tenemos se forma por el paso del tiempo. Duele saber que nacemos y morimos solos. O que todos terminaremos muriendo.
Pero por eso mismo, hay que disfrutar cada día de la vida como si fuera único. ¿Cansado de la rutina? Pues cámbiala.
Nos queda un tiempo definido, no vamos a estar tirándolo. Cada trago, cada grano de tiempo, nos da nuevas experiencias.
Y es que la vida se basa justamente en eso: en ser.
Ser tú.
Es más, ser tu mejor tú.
Mañana cumple años mi madre y no se como era antes de conocerla, pero desde que nací ha sido una buenísima madre. Y se lo agradezco. Por haberme dado la vida pero más allá de eso, por haberme enseñado y haberme apoyado en todo momento.
No voy ha decir lo que hay que hacer o dejar de hacer para ser felíz en esta entrada porque, ojalá los supiera. Sería hipócrita si no supiera que hacer pero estuviera poniendo entradas tumblr o de autoayuda. Sólo decir, que somos un reloj de arena.
Bueno, ¿te has dado cuenta de que acabas de perder unos minutos de tu vida leyendo esto? Espero que te haya servido.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Pierre Anthon
Un segundo o una eternidad. No hay diferencia. La percepción es completamente subjetiva. El tiempo es un espíritu libre que nos abandona.
No se, cuánto, cómo, dónde, qué. O en realidad si.
El atardecer cayó sobre mi como el invierno se come al otoño.
Vivo sin vivir. Deambulo. Puedo ser como el tiempo, como la lluvia, como el propio atardecer. No siento. Y si siento, es autofobia.
Es como... un cortina de baño; un charco en el que no ves tu reflejo; un espejo sin cristal; niebla del norte. Como una mancha en las gafas que no se va. Y todas estas comparaciones son lo máximo a lo que aspirar, porque, no hay nada que se le parezca siquiera.
Escribo en los cristales con vaho del invierno. Me paseo en lagos de gente. Observo el sufrimiento. Y admiro la fuerza.
Nadie repara en mí. Un ciudadano entre otros. Con su mismo paso y pensamientos.
Hace ya tiempo, y todavía discrepo en como se debe medir el tiempo, que descubrí que era invisible. Tal vez pueda ser que la forma en la que me evado, tenga una reacción contraria y haga que la gente se evada de mí. Como las avestruces que meten la cabeza en agujeros para ocultarse. Podía chasquear los dedos, gritar como un loco, bailar encima de un coche... Que nada. La vida continuaba y se iba sin mí, dejándome atrás.
Pero como repito, ya hace tiempo de eso (y vuelvo a discrepar sobre el reloj. El tiempo no se puede medir con objetividad. Ya lo tengo completamente probado pero como supondréis, la gente se niega a escucharme. En cualquier caso, no me entretendré en ello.)
Es como si tuviera cierta enfermedad que la gente normal llama ¿"amnesia"? Puede que sea uno de los factores por los que soy invisible.
Lo cierto es que me acuerdo de los sustantivos básicos como vaso, coche, gente, silla... Y verbos, adjetivos y, en conjunto, toda la gramática. Pero no se quién soy, dónde vivo, mis amigos... Lo sé todo de los demás pero no se nada de mí.
Llegó un momento en que me preocupé pues al mirarme en el espejo, éste no me reflejaba. Pase varias noches (medida exasperarte para definir el tiempo en el que se debe dormir, oscuridad) inquieto y aterrorizado. Sí, es completamente estúpido, pero fue el estrés del momento. Pensé que podría ser un fantasma, lo cual en realidad tendría cierto sentido. Me asustó no ser como los demás, pero me asusté de mí mismo.
En ese momento comenzó la autofobia. Fue horrible. Quedan vestigios en mí de ello, como astillas clavadas en el corazón.
Poco después probé que no era un fantasma: mis pulmones se hinchaban cuando inhalaba, sentía el pulso en mis muñecas.
En ese momento comenzó la autofobia. Fue horrible. Quedan vestigios en mí de ello, como astillas clavadas en el corazón.
Poco después probé que no era un fantasma: mis pulmones se hinchaban cuando inhalaba, sentía el pulso en mis muñecas.
Por ello generalizo; no se quién soy y menos que soy. Pero si hablamos de ser o no ser, diré que soy feliz sin saber la respuesta a la cuestión. Es igual.
lunes, 17 de febrero de 2014
5
5
Thomas Stonen es un auténtico gilipollas.
Me interesó en cuanto entró por la puerta con sus padres y su hermana. La americana le sentaba increíblemente bien y esos ojos verdes resaltaron incluso desde donde yo me encontraba. También me fije en su forma elegante de andar, su gesto despreocupado y la forma en el que su pelo, mas bien despeinado, le hacía aun más atractivo. Había sido como un reto, una motivación en la noche. En cuanto se separó de su hermana ya había ido como una flecha y atraídos como imanes habíamos terminado bailando y el diciéndome cosas que me hacían reír como una loca.
Argggggggggg. Le cojería la cabeza y... pummmmm.
Más bien después, cuando me separé de él para ver (como buena anfitriona de la fiesta) como iba todo, estaba ansiosa por volver a encontrarle y reírme, hablar, bailar... Era como un sueño de esos de princesas y príncipes pero en la realidad. Nunca había conocido a un chico tan guapo, interesante, listo... Lo tenía todo.
Era una gran noche y solo acababa de comenzar. Iba con mi vestido favorito rosa ajustado y el pelo planchado. A demás iba a conocer a muchísima gente y... Bueno, que iba a ser simplemente genial.
La cosa es que cuando revisé (bastante por encima y muy deprisa como una chiquilla enloquecida) todo, deambulé por toda mi fiesta y la parte de arriba, donde se encontraba mi padre. Pero ni rastro de Tom.
Tom, Thomas, Tomi, Sexy-Tom...
Y así que llegamos, más bien llegué, al punto de verme en mi propia fiesta sola y desesperada. Como buscando una ilusión. ¿Me habría vuelto loca?
Pero no, allí estaba él. Sentado en una silla de la barra, sonriendo de esa forma que acababa de descubrir que me encantaba. Pero no me sonreía a mí. Una chica. A su lado. INTRUSA. En cuanto la vi, vino a mi cabeza: "zorra". Y tanto. Con ese pelo azul que sin duda llevaba para llamar la atención y ese vestido estrecho del mismo color. Y de nuevo: "guarra". No la conocía pero en cualquier caso, aunque fuera la mejor persona del mundo, acababa de cagarla. Era muy guapa, con cara de sexy solitaria y sonrisa juguetona. Arggg,
Así que saludé a Tom entre el barullo y ni siquiera se giró. Me sentí bastante ofendida y me odié a mi misma por parecer de esa forma una niña mal criada intentando llamar su atención. Respiré hondo y me fui de la fiesta. Necesitaba aire. Salí por la puerta trasera y recorrí todo el jardín hasta la gran valla que daba la bienvenida a mi casa. Salí de allí demasiado exhausta. Los tacones me hacían daño, pequeños pinchazos que no había sentido hasta ahora. Me había hecho muchas ilusiones. La verdad, me tendría que dar igual que estuviera flirteando con otra chica, dado que las fiestas sirven en parte para eso. Pero había sentido una conexión, o algo parecido... Tal vez me estaba volviendo loca. Decidí no creerme a mi misma. ¿Para qué? ¿Para seguirme haciendo daño? Avancé entre la oscuridad anaranjada que creaban las farolas, como cortinas doradas. Miré a las estrellas que se veían perfectamente, y las admiré un buen rato. No iba a estar paranoica por nada. Se supone que era mi fiesta, mi capricho, mi diversión.
Un sonido continuado me sacó de mis pensamientos. Algo rozando la acera, ruedas... Entre la luz y la oscuridad de la calle se acercó a mí un longboard.
-¿Liam?- Paré el longboard por el pie.
-Perrie. - Una figura se acercó a mi. Sí, era él. - ¿Qué haces aquí?
Liam era mi "vecino". Lo digo entre comillas porque no había vecinos en kilómetros a la redonda. Era solo mar y campo.
-Es mi calle, Liam - Le respondí molesta, con los ojos en blanco. A veces Liam me incomodaba. Se me quedaba mirando con sus enormes ojos color miel sin escucharme. Era realmente raro. Le conocía de hacía mucho tiempo y nunca le había cogido mucho aprecio, pero al parecer, él a mi si. Era guapo pero tampoco nada de otro mundo. Me recordaba más bien a un hermano pequeño. En realidad, hacía bastante tiempo desde la última vez que le vi, y parecía cambiado. No se porqué decidí ser sincera con él:
-Bueno, necesitaba tomar el aire. -Dije recogiéndome el pelo detrás de las orejas.
-Haces una fiesta ¿y no me invitas? - Dijo el bromeando. De nuevo, me dio la sensación de que no me había escuchado. Y me molestó un poco - Ya sabes que me encantan.
Le miré avergonzada por el hecho de no haberle invitado pero, en un instante, se me pasó.
-Estoy cansada.
-¿Qué pasa? - No sabía porque a los hombres les costaba tanto hablar de sentimientos, de verdad. Era extenuante. Podría contárselo a Grace, que seguía en la fiesta, o a cualquier otra persona. Pero Liam estaba allí, esperando una respuesta. Me miraba con sus grandes ojitos y... - Venga suelta - Me repitió dándome un codazo.
-Un gilipollas. Aunque realmente soy yo la idiota por seguir enamorada de él.
No me podía creer lo fácil que había sido soltarlo. Pero, enamorada había sonado excesivo. Tal vez obsesionada. Solo quería llamar la atención de Liam, tener compañía.
-¿Estas bien? - Me di cuenta de que el chico no estaba tan mal, después de todo. Tenía su encanto.
-Supongo. - Dije sonriendo. Tenía una idea.
Me llevé a Liam dentro de la primera casa, donde se encontraban los dormitorios. Y le dije que esperase en la planta de abajo. Subí corriendo de dos en dos la escalera, con cuidado de no caerme con los tacones. Llegué a la planta y empecé a andar de acá para allá buscando ropa guay de mi hermano que le pudiera servir a Liam. En cierto momento me di cuenta de que Dan seguramente no se habría levantado y que podría aprovechar y quitarle algo de ropa. Entré en su cuarto y se quejó. Y con razón. Se debía de haber acostado a las tantas por el concierto de anoche, y la habitación seguía apestando a tío, desodorante y drogas. Pero no reparé mucho en ello. Mientras disimulaba despertarlo y quitarle la manta en realidad me metí en el escote una camisa gris que había colgada en la silla. Después salí más rápida que una bala cruzando los dedos para que no reparase en la desaparición.
Con Liam ya cambiado y oliendo a desodorante sexy nos adentramos en la fiesta. Me puse a bailar eufórica mientras él me sonreía con pasos más tímidos. Me encontré a Dan después bailando a mi lado con Grace. Menos mal que no reparó mucho en Liam. Prácticamente me había olvidado de Tomas con todo el ruido y el sudor. Pero por el rabillo vi que se fue de la barra dejando a la chica sola. Así que era mi oportunidad de dejar las cosas claras.
Me acerqué a ella con aires de superioridad pero parecía distante. No le importaba quién era. Pasó de mi. Parecía una chica muy fuerte y eso me descolocó y... me dio envidia. Parecía controlar la situación mientras yo no. Así que cuando me dijo borde que sus padres estaban muertos ya no pude más y me fui. No me pareció tan zorra como me pensaba que sería.
Me volví a la pista pensando calmar mis pensamientos cuando vi a Dan acercarse a Rain, la chica peli-azul. Teniendo a Grace a sus pies no sabía como mi hermano podía irse a por aquella chica. Decidí ser un poco cruel con mi mejor amiga.
-¡Grace! - Era una chica muy mona. Dan y ella hacían una pareja estupenda. - ¿Es ese mi hermano? ¿El que flirtea con la chica esa del pelo azul?
-Emm.. Si, creo que sí. -Me dijo sin dejar de moverse. No parecía ni molesta ni celosa. Pues yo si lo estaba. Quería que alguien también lo estuviera conmigo. - ¿Por qué lo dices?
-No se... Es que esa chica no me cae nada bien.
- ¿La conoces?
-No.
-¿Entonces? - Me preguntó. No tenía repuesta. Y me seguía llamando la atención que no le molestara ni un ápice que una bruja estuviera sobando a su ligue.
-¿Qué hay entre tu y mi hermano? - Tenía mucha curiosidad. Ella pasó a blanco y después a rojo.
-Yo...- Balbuceó.
-Perrie - Me había olvidado de Liam. ¿Donde se había metido todo este tiempo? - Tengo que hablar contigo.
- Eh... vale - Acepté a regañadientes. En realidad era mejor dejar a Grace bailando y reflexionando. Al volver a lo mejor habría cambiado de idea.
Liam y yo nos separamos un poco de la multitud. Él parecía nervioso y estaba cada vez más pálido.
-¿Qué pasa Liam?
-Eh...Bueno... Quería que supieras... - Suspiró fuertemente y se pasó una mano por el pelo. - Que... Bueno, es difícil de decir, ¿sabes?
-¿Qué pasa? - Repetí. Su aliento olía a alcohol y no parecía él. Está borracho.
-Lo que te quiero decir y no se porque te lo digo ahora, es este mismo momento, cuando podía habértelo dicho cualquier día de estos años es... Que estás muy guapa.
-¿Para esto me traes aquí? - Repuse molesta. Qué idiota. Me estaba haciendo perder el tiempo. Tiempo que valía en oro.
-No. No es todo. Me refiero a que estas muy guapa siempre que te veo.- Me miró con sus grandes ojos. Se apoyó en la pared, muy cerca de mí. - Que brillas como un farol a media noche. Que yo soy el barco y tu mi faro, mi estrella. Estas guapa todos los días que te veo y ojalá fueran más porque no consigo dejar de pensar que cuando será la próxima vez que te veré. No solo eres bella sino que eres fuerte, y, aunque la gente piense que eres cruel yo veo tu lado más positivo, tu inteligencia y tus pequeños momentos de debilidad. Aunque, si te digo la verdad, todo los momentos que he pasado a tu lado son increíbles. No consigo dejar de mirarte, sonreírte, escucharte. Me importas. Pero más allá de eso, me duele tanto quererte. Me duele amarte. Porque eres demasiado, o tal vez poco. Porque eres distinta en cada una de tus facetas, pero eso te hace aun más especial. Tal vez en tus defectos vea mis debilidades. Como un corazón roto que quiero arreglar. Y... todo eso te lo digo, porque estoy borracho y... te quiero.
Entonces me besó. Y sin darme tiempo si quiera a procesar sus palabras, se desmayó en mis brazos.
domingo, 9 de febrero de 2014
Lágrimas.
Y simplemente lloré.
Por todo lo que no había vivido. Por esos momentos infinitos perdidos. Y por lo perdida que ya me sentía yo.
Por que ahí estaba yo, una entre un millón de extraños.
Todas las murallas levantadas con dolor y sufrimiento ante mi, destruidas por unas palabras mal interpretadas. Quemadas en ceniza. Destruidas para volver a nacer, mas fuertes, experimentadas.
Pero eso no es suficiente por lo que estar triste. Son varias razones, acumuladas en una bomba que en un momento se toca, y explota. Y no se la puede parar.
Y por eso lloro y las nubes lloran hoy conmigo. Porque la vida no tiene sentido y ni siquiera el sentido lo tiene. No se lo que espero. No se lo que soy. Y menos lo que seré.
Me asusta el cambio, el futuro. Malas rachas, buenas, malas. "¿por qué te da miedo ser feliz?" "porque después de todo lo bueno, viene algo malo"
Y todos y más sentimientos afloraron sin poder parar, resistir. Solo los vomité con lagrimas saladas que sabían a dolor y furia amarga. Y las volví a vomitar porque todo era injusto y despreciable, y así otra vez.
Hasta quedarme simplemente vacía, para después volver a empezar.
Por todo lo que no había vivido. Por esos momentos infinitos perdidos. Y por lo perdida que ya me sentía yo.
Por que ahí estaba yo, una entre un millón de extraños.
Todas las murallas levantadas con dolor y sufrimiento ante mi, destruidas por unas palabras mal interpretadas. Quemadas en ceniza. Destruidas para volver a nacer, mas fuertes, experimentadas.
Pero eso no es suficiente por lo que estar triste. Son varias razones, acumuladas en una bomba que en un momento se toca, y explota. Y no se la puede parar.
Y por eso lloro y las nubes lloran hoy conmigo. Porque la vida no tiene sentido y ni siquiera el sentido lo tiene. No se lo que espero. No se lo que soy. Y menos lo que seré.
Me asusta el cambio, el futuro. Malas rachas, buenas, malas. "¿por qué te da miedo ser feliz?" "porque después de todo lo bueno, viene algo malo"
Y todos y más sentimientos afloraron sin poder parar, resistir. Solo los vomité con lagrimas saladas que sabían a dolor y furia amarga. Y las volví a vomitar porque todo era injusto y despreciable, y así otra vez.
Hasta quedarme simplemente vacía, para después volver a empezar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
